Los bebedores de abasenta, Edgar Degas
Entre los muchos tópicos que existen sobre las lesbianas -algunos falsos y otros no- hay uno que afirma que las bolleras no llevamos bolso, sino bolsa. Bien, en este caso, en mi caso, es cierto; ya que siempre me han gustado los bolsos grandes porque tengo tendencia a llevar de todo rollo Mary Poppins. Esto me plantea ciertos problemas logísticos, como cuando me suena el móvil y tardo tanto en encontrarlo que entonces ya han colgado. O en el momento de buscar las llaves de casa, y más cuando llevo un juego de llaves de tres casas diferentes: la de mis padres, la del piso de Barcelona y ahora la de casa de Idgie. Cada vez tengo más complejo de caracol o de Albert Om, siempre con la maleta a cuestas. Una semana viviendo en una casa y a la siguiente, en otra; como si la precariedad laboral también se hubiera extendido a este ámbito de mi vida.
Este fin de semana, por ejemplo, en parte lo pasamos en casa de Manu y Cecile. Desde que Id tuvo una charla-discusión catártica con su hermano, su relación ha mejorado exponencialmente. Además, que Cecile parezca adorarnos también ha contribuido a ello. Los dos forman una pareja bastante especial. A ellos les encanta frecuentar la Barcelona decadente, la de los antros decrépitos de Ciutat Vella que tanto les gustan. Locales poblados por una fauna de personajes bohemios y peculiares que parecen sacados de una novela de Zola.
Hablando de antros... Id tiene pendiente llevarme al Marsella a beber absenta antes de que lo clausuren.

