*Aviso: el post contiene spoilers.
Hace un par de días que tengo este post pendiente, y no porque no haya tenido tiempo -que también- sino porque no podía. Me explico. El lunes por fin fuimos a ver La vie d'Adèle. Después de escuchar y leer tantas opiniones diferentes temía que mi visión de la película se viera intoxicada.
¿Me gustó? cuando salí del cine era incapaz de responder a esta simple pregunta. Acababa de salir de una experiencia cinematográfica de tres horas que me había sacudido como pocas películas lo han hecho. Al día siguiente, el film seguía vivo en mi mente y todavía era incapaz de decidir si me había gustado o no. Y eso no es malo para nada. Hay historias que necesitamos procesar y que reposen para poder verbalizar lo que nos han provocado.
Primero de todo decir que La vie d'Adèle no es propiamente una adaptación de El azul es un color cálido, sino más bien una aproximación al cómic de Julie Maroh. Por lo tanto, creo que deben considerarse las dos obras como entes diferentes porque decir que me gustó más la novela que la película no sería del todo cierto.
La vie d'Adèle, como su título indica, es básicamente el personaje de Adèle (ya no Clementine como en el cómic). Kechiche quedó prendado, como le pasa a la mayoría de espectadores, de la vivaracha Adèle Exarchopoulos, dejando un poco de lado el personaje de Emma (Léa Seydoux) que en algunos momentos me resultó demasiado pedante. No se incide tanto en el proceso de aceptación de la homosexualidad de Adèle; por ejemplo nos perdemos la reacción de los padres al enterarse y el apoyo que le ofrece Emma. Además, el film hace hincapié en unas diferencias de clase y culturales entre las protagonistas que no existen en el cómic.
Pero me gustaron las referencias literarias y filosóficas que intercala Kechiche, así como las reflexiones sobre los flechazos y la inevitabilidad de la tragedia.
La vie d'Adèle nos ofrece una bella historia de amor, a veces tierna y pasional, otras cruel y descarnada. Adèle Exarchopoulos hace un trabajo brutal, nunca había visto una actriz entregarse de ese modo, su actuación es fresca, espontánea, de una autenticidad que transpira verdad. Vida en estado puro. Aunque creo que no eran necesarios tantos mocos (en la vida real también existen pero, como el personaje de Emma, la gente se los limpia), y tantas escenas de Adèle comiendo con la boca abierta (en algún momento me causó cierta repulsión). No hace falta confundir los malos modos con la autenticidad.
Las escenas de sexo me gustaron. Vale, alguna de esas posturas son bastante irrealizables y me sobró tanta nalgada, pero esa pasión existe en el sexo lésbico, que es tan rico y plural como el heterosexual.
Sorprendentemente la película no se mi hizo larga, sólo un poco los últimos 45 minutos. Kechiche tiene un dominio del tempo de la escena extraordinario, con un uso del primer plano que consigue que nos metamos de lleno en la vida de esa adolescente que descubre por primera vez el amor y el deseo. Porque una de las cosas que más transmite la película es sensación de fisicidad; vemos a Adèle durmiendo, caminando, riendo, ensimismarse con el mundo que la rodea con ese labio carnoso de incisivos curiosos, etc. Experimentamos con ella su insatisfacción, ese primer flechazo, el despertar del deseo, los celos, las inseguridades y finalmente el dolor de saber que ese amor nos dejará una cicatriz para siempre.















