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miércoles, 2 de diciembre de 2015

spread the music vibration

Josh Rouse 

El frío ya ha llegado para quedarse una buena temporada. Mientras sueño en futuros -y espero cercanos- días de primavera, me niego a que el frío me disuada de salir de casa. Este fin de semana maratoniano ha sido un zas en toda la boca al invierno y a las tardes deprimentes de domingo.
¿La contrapartida? un agotamiento feliz, y los bolsillos un poco más vacíos. Ah! pero no os creáis que esto último fue culpa del omnipresente y cansino Black Friday. Milagrosamente no sucumbí a esa estrategia del marketing global (bien, tal vez fue más por falta de tiempo...).

Empecé el fin de semana arrastrando sueño porque el viernes por la noche fuimos de copas, y eso que al día siguiente queríamos madrugar. El sábado prometía ser un día largo e intenso, y además por la noche queríamos ir de concierto. Id tenía una sesión de fotos, pero como la cámara nueva (la que utiliza para trabajar) estaba estropeada (hace semanas que la envió al servicio técnico) tuvimos que ir a Barcelona a buscar la cámara de su primo. Aprovechando eso, su primo nos pidió que le hiciéramos unas fotos a él y a su hijo para el DNI. De ahí, vuelta a la miniciudad de Id para un almuerzo apresurado y otra vez hacía el coche para ir a hacer la sesión de fotos.  
Tras dos horas, vuelta a Barcelona para devolver la cámara. Nos pasamos una hora más encerradas en el coche por culpa del tráfico y la búsqueda del santo grial aparcamiento.
El concierto de Les Sueques era a las 22:30, así que fuimos temprano a cenar a nuestra pizzería preferida de Gràcia. No podemos ir a ese restaurante sin comer más de lo necesario (todo está riquísimo!) y claro, siempre salimos con indigestión. A pesar de eso, y el cansancio, fuimos al concierto. Valió la pena, Les Sueques - y sus pelucas- me gustaron mucho, aunque no aguantamos hasta el final. Ya repetiremos concierto con ellas en otra ocasión...

Les Sueques (foto: id)

El domingo nos esperaba otro concierto, pero esta vez tuvimos toda la mañana para dormir y descansar. Por la tarde nos fuimos al cine a ver Grandma. Me gustó muy mucho la actuación de Lily Tomlin y su grandma pendenciera, pero repleta de energía y honestidad. Ojalá hubiera más abuelas como ella. Un guión excelente para una roadmovie femenina con personajes auténticos y llenos de verdad. Da gusto ver películas que tratan al espectador con inteligencia y sin adoctrinamientos.

Salimos del cine con un vaho de tristeza y con esa promesa imposible de cumplir, que siempre me pide Id, flotando en el aire. Sabía que el personaje de Lily Tomlin despertaría ese fantasma que debe acosar a todas las parejas felices. Cuando alguien ha encontrado el amor de su vida, ¿cómo afrontar su mortalidad?

Para disipar la tristeza nada como la buena música. Del cine nos fuimos al concierto de Josh Rouse. No había estado nunca en la sala de conciertos de la miniciudad de Id, y me gustó mucho el local. Al entrar, enseguida vi a Josh Rouse tomando una cerveza en la barra. Si fuera una fan atrevida y desenvuelta habría ido a saludarlo, pero en lugar de eso, pase por su lado como si no lo conociera. 
Era la primera vez que iba a un concierto con sillas, conseguimos un buen asiento en segunda fila, a escasos metros del escenario. El formato del concierto era más íntimo que el que dio en abril en Barcelona. En el escenario, él acompañado solo por la guitarra y batería de Xema Fuertes. Esta vez sí tocó Quiet Town y un extenso repertorio donde mezcló temas de su último trabajo (The Ember Of Time), con canciones anteriores.
Me encantó ese formato más íntimo, que facilita la comunicación de emociones. ¡Y sin esas cotorras que tanto abundan ahora en los conciertos!
Josh nos explicó algunas anécdotas entre canción y canción, y al final consiguió que todo el público se entregara a su música. Me resultó imposible, hasta doloroso, estar sentada en una silla durante un concierto. Lo encontré antinatural. Los pies y el cuerpo se me iban solos. 
El concierto terminó con Josh Rouse bajando del escenario, paseándose entre el público con la guitarra y haciéndonos cantar a todos Love vibration. 
Me compré su último CD -lo tenía en versión pirata- y venciendo un ataque de vergüenza quinceañera, conseguí pedirle -en un inglés chapuzero- que me lo firmara :D
Salí del concierto flotando, con esa sensación de felicidad que solo la música puede darnos.



lunes, 9 de febrero de 2015

viaje emocional


foto: Mònica dofa

Este fin de semana he vuelto a mi casa en el minipueblo. Hacía más de un mes que no volvía. Lo necesitaba. Hasta que no estoy subida al tren, y los paisajes de mi comarca se suceden veloces por la ventanilla, no soy consciente de ello, de esa necesidad. Si Scarlett O'Hara extraía su fuerza de la tierra rojiza de Tara, y Drácula se nutría de la tierra de su Transilvania natal, yo parezco necesitar volver a mi pueblo para recobrar impulso.
Miraculosamente, las dos horas y media que dura el trayecto se me hacen cortas. La charla intermitente de la familia que está sentada en los asientos delanteros se hace incluso amena. Duermo, leo, miro por la ventana mientras escucho música. Chandelier de Sia suena varias veces en el iPod. Sí, ya sé que esta canción hace meses que se publicó, pero extrañamente es ahora que me seduce y me atrapa. Además, me declaro fan de la pequeña Maddie Ziegler, de su expresividad desarmante y de esa manera desenvuelta de bailar una coreografía imposible.


Estos días escucho Chandelier una y otra vez, con esa necesidad obsesiva que tanto me gusta que me provoque la música.
Nick Hornby comenta en 31 canciones que Dave Eggers tiene la teoría que escuchamos las canciones una y otra vez "porque tenemos que solucionarlas", ya que en nuestras primeras relaciones con una canción nueva "hay una fase semejante a una especie de perplejidad emocional". Así que cuando haya "solucionado" Chandelier, como me pasó con Hero hace unas semanas, ya no querré escucharla tanto. Incluso como me ha sucedido con alguna canción, tal vez no pueda ni escucharla más.
Una de las cosas que me entusiasma y sorprende más de la música es que dentro de unos meses, alguien habrá creado más canciones nuevas que volverán a generar en mí esa necesidad de escucharlas incansablemente antes de solucionarlas. Esa fuente inagotable de canciones futuras -como los libros que esperan ser leídos- son una buena razón para entusiasmarse con la vida.

Mi viaje sigue. Desde el tren la vida parece fluir más ligera dice León Siminiani, en Mapa. Su película-canción sigue resonando en mí cabeza como un mar de fondo. Un largometraje que rompe los límites entre documental y ficción;  un diario filmado en que se nos relatan las vivencias de su director durante 4 años: una ruptura, un viaje a la India, una búsqueda, otra ruptura, el vacío posterior... Y también el proceso creativo de hacer un film. En este caso, el artista es el auténtico argumento del relato. Mapa es pues, un autorretrato, y como tal, una impostura, la constatación de la imposibilidad de ofrecer una imagen fija del yo, poblado de múltiples voces que lo dinamitan, ya que no somos más que un conjunto caótico de deseos, miedos, dudas y mentiras.
Al fin y al cabo, los relatos del yo, como cualquier otro relato, no dejan de ser una puesta en escena, una construcción de lo real, pero no la realidad en sí misma. La vida no puede relatarse de manera lineal, ya que es sinuosa e inconclusa.


Después de ver Mapa me pregunto: ¿este blog no es también un poco eso? un intento fallido de diario, de relato/autorretrato de mí misma? Últimamente me ha dado por pensar que este blog ha perdido algo: ¿calidad? originalidad? sinceridad? quizá tenga algo que ver la pérdida paulatina del anonimato, el haber conocido a gente que me lee; ya que confieso que ahora no escribo con la misma libertad inconsciente del principio, cuando nadie conocía la persona real que se esconde tras el nombre de Hiro.