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lunes, 9 de febrero de 2015

viaje emocional


foto: Mònica dofa

Este fin de semana he vuelto a mi casa en el minipueblo. Hacía más de un mes que no volvía. Lo necesitaba. Hasta que no estoy subida al tren, y los paisajes de mi comarca se suceden veloces por la ventanilla, no soy consciente de ello, de esa necesidad. Si Scarlett O'Hara extraía su fuerza de la tierra rojiza de Tara, y Drácula se nutría de la tierra de su Transilvania natal, yo parezco necesitar volver a mi pueblo para recobrar impulso.
Miraculosamente, las dos horas y media que dura el trayecto se me hacen cortas. La charla intermitente de la familia que está sentada en los asientos delanteros se hace incluso amena. Duermo, leo, miro por la ventana mientras escucho música. Chandelier de Sia suena varias veces en el iPod. Sí, ya sé que esta canción hace meses que se publicó, pero extrañamente es ahora que me seduce y me atrapa. Además, me declaro fan de la pequeña Maddie Ziegler, de su expresividad desarmante y de esa manera desenvuelta de bailar una coreografía imposible.


Estos días escucho Chandelier una y otra vez, con esa necesidad obsesiva que tanto me gusta que me provoque la música.
Nick Hornby comenta en 31 canciones que Dave Eggers tiene la teoría que escuchamos las canciones una y otra vez "porque tenemos que solucionarlas", ya que en nuestras primeras relaciones con una canción nueva "hay una fase semejante a una especie de perplejidad emocional". Así que cuando haya "solucionado" Chandelier, como me pasó con Hero hace unas semanas, ya no querré escucharla tanto. Incluso como me ha sucedido con alguna canción, tal vez no pueda ni escucharla más.
Una de las cosas que me entusiasma y sorprende más de la música es que dentro de unos meses, alguien habrá creado más canciones nuevas que volverán a generar en mí esa necesidad de escucharlas incansablemente antes de solucionarlas. Esa fuente inagotable de canciones futuras -como los libros que esperan ser leídos- son una buena razón para entusiasmarse con la vida.

Mi viaje sigue. Desde el tren la vida parece fluir más ligera dice León Siminiani, en Mapa. Su película-canción sigue resonando en mí cabeza como un mar de fondo. Un largometraje que rompe los límites entre documental y ficción;  un diario filmado en que se nos relatan las vivencias de su director durante 4 años: una ruptura, un viaje a la India, una búsqueda, otra ruptura, el vacío posterior... Y también el proceso creativo de hacer un film. En este caso, el artista es el auténtico argumento del relato. Mapa es pues, un autorretrato, y como tal, una impostura, la constatación de la imposibilidad de ofrecer una imagen fija del yo, poblado de múltiples voces que lo dinamitan, ya que no somos más que un conjunto caótico de deseos, miedos, dudas y mentiras.
Al fin y al cabo, los relatos del yo, como cualquier otro relato, no dejan de ser una puesta en escena, una construcción de lo real, pero no la realidad en sí misma. La vida no puede relatarse de manera lineal, ya que es sinuosa e inconclusa.


Después de ver Mapa me pregunto: ¿este blog no es también un poco eso? un intento fallido de diario, de relato/autorretrato de mí misma? Últimamente me ha dado por pensar que este blog ha perdido algo: ¿calidad? originalidad? sinceridad? quizá tenga algo que ver la pérdida paulatina del anonimato, el haber conocido a gente que me lee; ya que confieso que ahora no escribo con la misma libertad inconsciente del principio, cuando nadie conocía la persona real que se esconde tras el nombre de Hiro.